Que seamos sinceros
Si queremos seguir disfrutando de la dulzura de la fe, del deleite y del placer de ser buenos adoradores a Dios, pues que seamos sinceros con nosotros mismos y que nos preguntemos a diario qué queremos ser. Que hagamos un balance periódicamente y que revisemos nuestras acciones. Que no nos entreguemos así de fácil al demonio, sus susurros y tentaciones. Que no nos alegremos tanto por un frágil y fugaz éxito mundanal y que tengamos siempre presente que la morada del más allá es realmente la vida de verdad. Que no abandonemos un buen hábito como ayuno voluntario, rezos voluntarios y otros actos de devoción que hemos practicado en Ramadán.
Ibrahim At-tami dijo: cierta vez me he sincerado- conmigo mismo- y me dije: Eh alma mía, ¿qué deseas? Tan rápido escuché: “deseo estar en el Paraíso, comer de su alimento, beber de sus aguas y disfrutar de sus delicias” Luego me pregunté: y ¿qué temes? Me encontré diciendo: “temo ser arrojado en el Infierno, sufrir de su calor abrasador, y de tantas desgracias”. Me dije: “todo está en mis manos, si quiero ser de los del Paraíso, pues debo obrar como los merecedores del mismo”.
Tú también, debes sincerarte, debes hacer una pausa en tu día, tu semana, tu mes y te preguntas algo así como lo que te he contado. No debes ser dejado y que pasen los días y quizás los años sin meditación y reflexión alguna.
Al hacer lo que hizo Ibrahim At-tami ó tal vez otros, siempre saborearás la dulzura de la fe y siempre te sentirás más cercano a Dios.

